Salir del armario siendo bisexual.

Depresión. Llorar hasta no poder más, gritar de la rabia, tantear con el suicidio… nunca nadie me dijo que salir del armario fuese algo tan complicado.


Misión imposible, o más que eso, misión de alto riesgo. Salir del armario no es fácil, para ninguna persona LGBT. Tener ese discurso infantil de “lo mío es peor” no nos beneficia a nadie. Porque las cosas afectan según tus vivencias y experiencias; y que te rechacen por ser trans, por ser bisexual o por ser homosexual, para esa persona, es casi el fin del mundo. Por lo menos para mí sí lo ha sido durante mucho tiempo. Aclararé que, es muy importante entender, que la opresión que ejerce la sociedad hacia una persona cis que hacia una persona trans, es mucho menor. Pero aquí hablo de sentimientos y sensaciones, mis sentimientos y sensaciones.

“La bisexualidad es una fase”. Pues fijaos, habrá para compañeres LGBT que haya sido una fase, como la mía fue la heterosexualidad. No pienso juzgar la cantidad de cosas que hacemos hasta que nos sinceramos con nosotres mismes. Para mí no lo fue y no lo es. Simplemente vengo a contar mi historia.


Introducción

Hoy, en el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, vengo a contar mi historia. Y si mal no recuerdo, estoy a punto de cumplir un año como bisexual semi-declarado — más adelante explicaré eso de “semi. Recuerdo perfectamente que era antes de verano y que mi cabeza estaba en julio, cuando mi pareja y yo nos vamos un mes a la playa a desconectar de todo.

Pero un día, leyendo por Twitter, recordando mis vivencias en la adolescencia y en la recién cumplida mayoría de edad me di cuenta de que yo no era heterosexual. Recuerdo muy bien que no lo era porque recordé esa necesidad que tenía de remarcar mi heterosexualidad de forma constante. De cómo oculté mis relaciones con hombres pero sí remarcaba como si de un perro se tratase mis relaciones con mujeres. Haré memoria con vosotres, si me lo permitís y queréis seguir leyendo.

Yo tendría dieciocho recién cumplidos y recuerdo perfectamente la primera vez que dije que había tenido una relación con un hombre. Estaba en un parque con mi ex-pareja muy cerca de su casa y se lo conté. ¿Su reacción? reírse. Le reiteré que era verdad, que no era una broma. Ella volvió a reaccionar riendo y diciendo “dime que estás de coña”. Acto seguido sentí una enorme presión en el pecho y le dije “joder, tía, casi te lo tragas ¿cómo iba a hacer yo eso?”. Primera derrota, primera decepción.

Meses después se fueron acumulando una serie de tomas de decisión muy erróneas por mi parte, y además, muchas decepciones profesionales que nunca supe encajar bien. Que a día de hoy, más de seis años después, sigo sin saber encajar y no hay un día que no le dé vueltas a todo eso. Si hay algo malo en mí, es que tardo una infinidad de tiempo en curar mis heridas.

Y ahí estaba yo. Siendo quien no era. Cambié por completo mi forma de ser. Me convertí en algo profundamente machista, engañé a mi entonces pareja tantas veces que no sabría decir cuantas — con hombres y mujeres — y engañaba a todo el mundo; el primero a mí. Empecé un canal de YouTube — mucha gente que actualmente me sigue, me conocerá por esa época — en la que me dedicaba a insultar a todo el mundo que se me pusiese delante, sin excepción. Eso, curiosamente empezó a subir como la espuma. Mis vídeos soltando mierda subían a 100.000 reproducciones en pocas semanas y en unas horas se colocaban las 10.000 sin esfuerzo alguno. Tenía detractores pero muchísima gente que aplaudía esa mierda. A fin de cuentas estabais aplaudiendo todo el odio, todo el complejo y la inestabilidad psicológica que t