¿Quien teme a Virginia Woolf?

La necesidad de salir de nuestra propia habitación

"Porque todas las comidas se han cocinado, los platos y las tazas lavado; los niños enviados a la escuela y arrojados al mundo. Nada queda de todo ello; todo desaparece. Ninguna biografía, ni historia, tiene una palabra que decir acerca de ello."

Un día me desperté sintiéndome Mary Beton, una muchacha corriente, de clase media (si es que eso aún existe), que tiene la suerte de poder disfrutar de dos condiciones imprescindibles para vivir en un mundo que solo tiene cabida para hombres: unos ingresos mínimos mensuales garantizados y derecho a voto.  El problema de sentirse Mary Beton es que la conformidad, la abulia y el desencanto en el que te sume ser una muchacha corriente y privilegiada, es que te aleja de la realidad y hasta de tu propia esencia.

En una de esas noches interminables de hotel terminando “Una habitación propia” (Virginia Woolf, 1929)  pensé en las mujeres que son invisibles en la esfera pública pero están muy presentes en la esfera privada. Mujeres que en la literatura escrita por hombres aparecen con un fuerte carácter y personalidad, mujeres geniales como obras de arte, pero en la cocina y en el cuarto de baño, infravalorado, oculto a los ojos del mundo. No se les ha dejado formar parte activa de la historia de la humanidad, de la que  son causa directa. Mujeres que en el arte son grandiosas y en la vida real apenas sabían leer ni escribir y eran propiedad de sus maridos y sus padres. ¿Cómo van a escribir novelas las mujeres en esa situación? Y a pesar de todas las dificultades es milagroso que hayan destacado escritoras como Jane Austen o Charlotte y Emily  Brontë.

Al contrario que mi atoradísima Woolf no creo que sea suficiente con una habitación propia para tener una vida digna. De hecho todas tenemos una habitación propia, lo que necesitamos es la libertad para salir de la misma. Muchas mujeres viven encerradas en la habitación por la que tanto lucharon, debido a un patriarcado asfixiante  que ha asignado roles concretos según el género, que fagocita cualquier atisbo de talento convirtiéndolo en un engranaje más de la máquina que lo mantiene vivo. Aunque cada vez son más las que se reivindican y rompen la ventana de la habitación, y salen, y se muestran tal y como son. Qué envidia.

Y esto nos lleva a la segunda cuestión, Mary Beton no solo tenía derecho a voto, tenía 500 libras al año. La segunda lección, la cura de humildad, la dosis de realidad con la que Virginia Woolf a principios del siglo XX nos dio en la cara y que aun hoy resuena en pleno siglo XXI. Las mujeres necesitamos independencia económica, además de una habitación propia porque, digo yo, con algo habrá que llenarla, ¿no? La independencia económica es fundamental, porque les da a las mujeres opciones verdaderas para dirigir sus propias vidas. En situaciones de violencia este asunto es aún más marcado, porque muchas veces las mujeres enfrentan un decisión altamente difícil entre elegir la continuación del abuso y elegir la pobreza.

Estos días me topé con algo que, en pleno siglo XXI, habría hecho enloquecer a Virginia Woolf. Las agricultoras españolas no podían ser cotitulares de su propia explotación junto a su pareja hasta el año 2011 con La Ley de Titularidad Compartida, así sus rendimientos económicos y subvenciones se repartirían al 50%. En la situación anterior, a pesar de que llevaran años realizando el mismo trabajo de los hombres, en la estadística solo figuraban como ayuda social: no existían, con los perjuicios económicos (sobre todo a la hora de la jubilación) que e