La jaula de Pandora

Réquiem

  • El agua arropa,
miente al umbrío sol, y brota vida.
  Muerto el caos, queda el olor firmemente atado a lo más profundo de este psique. Persigo con la mirada del patrón de madera del armario, sistemáticamente, hasta que el sonido me tapona los oídos y cierro los ojos, hasta que no duele porque ya no estoy allí. El trance rige sobre mí, no existe tensión y durante un tiempo experimento la sensación de no ocupar lugar en el espacio. Cuando vuelvo, el armario está húmedo y no quiero seguir allí pero guardo silencio No quiero mirar, no me permito estar y en ese momento, hundo la cabeza en el agua, quema mi cara y deja de ser invierno. Respiro las columnas de vapor que se elevan, ardo por dentro. El lugar está cargado de calor, me empiezo a marear y apoyo la cabeza sobre la fría pared de la bañera para recuperar un poco de consciencia. Me escondo lo mejor que puedo pero siempre acaba por encontrarme, no cuenta como debería, resta segundos y gana en su macabro juego. Ahora es mi turno, cuento hasta cien, doscientos, trescientos... lo que haga falta con tal de no ir a buscarle y entonces él vuelve, me pregunta que qué hago, yo le digo que contar y el responde sonriéndo vilmente que no debo contar tanto. Yo no quiero estar desnuda y él lo sabe, pero me promete que no pasará nada. Me sumerjo de nuevo, he perdido la cuenta de cuantas veces he llenado la bañera esta semana. El agua no cura, pero me ofrece una paz traicionera que no dudo en tomar. Así, consigo arrastrarme a la cama y dormir unas horas, hasta que de nuevo, despierto, ora gritando, ora enterrrando las uñas en las palmas de mis manos. El armario es una nave espacial y las compuertas se cierran. Todavía me culpo por la prisa que tenia de traspasarlas antes de que él finalizase la cuenta atrás. Me paro a pensar en lo mucho que me gusta la oscuridad ese armario y en lo poco que me cuesta adoptar los ojos a esta y en lo cuadrado que es, pero  cuando estoy sola en ese armario solo queda espacio para la vergüenza y la ira. Pienso en cómo sigue, egoístamente, ocupando un lugar tan importante en mi pensamiento aún habiéndose quedado con mi cuerpo, recuerdo lo que hizo y lo que pudo haber hecho si hubiese tenido más tiempo y me pregunto si sentirá remordimiento, si habrá cambiado. Pienso en su hija, en lo que podría estar pasando mientras escribo esto y le imagino perdida, intentando recuperarse a sí misma. Hoy despierto, mi mente sigue tratándome con crueldad y mentiría si dijese que no me he plantado el pensamiento de abandonar esta vida con un muerto a mis espaldas. Por su culpa, mi piel se niega al tacto de otras manos y me odio por ello. Por su culpa abandono a diario del espacio que ocupo. Por su culpa, no duermo sin sientir su cuerpo entre mis piernas y su cara sobre la mía. Los baños se convierten en mi lugar feliz hasta años después, que entiendo por qué. Paso a vivir en una vigilia constante, mi cuerpo me implora respeto.