Hermanas de tierra

No nos queremos ir. Porque creemos que otras formas de vida, de relación y de producción son posibles más allá de este sistema explotador, y que nuestros márgenes tienen mucho que enseñar y que nutrir

El campo tiene otros ritmos. Mientras que en la ciudad todo es inmediatez, prisa y gente, el campo nos enseña a esperar y a escuchar. Yo nunca he sido consciente del lugar en el que vivo, desoí las voces que me enseñaban a esperar y a venerar la tierra, preferí aquellas que gritaban que prosperar aquí era marcharse a la ciudad. Y no. Prosperar también es luchar por las raíces. Yo jamás vi en mi vecina Mari, ganadera y agricultora, un ejemplo, siempre la veía sucia, con unos pantalones vaqueros roídos por el tiempo y las botas llenas de barro. Eso no podría ser de ninguna manera un referente para una cría de 18 años. Yo quería ser jueza, vivir en el centro de Madrid, ir a conciertos en Moby Dick y salir a tomar cañas por Lavapiés.

Mentiría si dijera que mi interés por mi pueblo y por el medio rural llegó de repente y no gracias a mi vecina Mari, a mi tío, a mi abuela y, sobretodo, a mi padre. Mi padre, pese a lo que pueda deducirse no es “hombre de campo”, como sí lo fue mi abuelo materno, pero lucha incansablemente por las especies autóctonas de nuestros ríos. Son elles quienes a través de sus voces me hicieron amar el medio rural.

El medio rural, como dirían en mi pueblo, que tiene 4000 habitantes y se sitúa en suroeste de Cáceres (Extremadura, donde no llegan los trenes), no es un “sitio pa mujeres”. Sin embargo son ellas las que con sus manos lo sostienen y lo cuidan formando parte de todos y cada uno de los procesos. Desde la siembra hasta la cosecha y desde el lechón hasta la carnicería que ellas mismas regentan. Para mí, esto es mí día a día. Lo que veo cuando salgo a la calle. Campo, mujeres en el campo, vacas, ovejas y huertos.

En una tarde de marzo de 2017 en las que no puedes salir de casa porque, en esa época, en Extremadura o llueve como nunca o hace 35 grados a la sombra, yo quería leer cosas que hablaran de mi yo real, el de pueblo, el que se pierde los domingos entre vacas y ovejas y no del aspiracional, la Nila jueza cosmopolita que buscaba ser una Carrie Bradshow de Hacendado. Encontré miles de lecturas que hablaban de lo bonito de los atardeceres en la dehesa extremeña, del encanto de los pueblos del norte. Y yo pensé en que los atardeceres en la dehesa extremeña en agosto (donde se ambientaba el libro), además de bonitos, son asfixiantes. En Extremadura en agosto no se puede pisar la calle sin morirse de calor. En cuanto al encanto de los pueblos/alquerías del norte, lo que para el extranjero es encanto, en Cáceres es el relato vivo de la desbandada rural posfranquista, de la pérdida de parte de nuestra cultura, de la perdida de una lengua. Aquellos pueblos de Las Hurdes son los que contaba Buñuel en su documental “Tierra sin pan” (1932). En el documental se presentaba a las alquerías del norte extremeño como lugares remotos donde no llegaba la cultura.

No creía que fuera posible que la visión que tenía el resto del mundo de nosotros fuese la de los bellos atardeceres y los catetos de los pueblos. Y lo que peor me sentaba era que los emigrados que venían en verano de Madrid o San Sebastián (botejaras, los llamamos aquí) mirándonos por encima del hombro, creyesen que éramos exactamente lo que les habían contado. Al final me resigné. Como nadie hablaba de la cultura de la trashumancia, del proceso de la lana, de la matanza, de nuestras letras o de nuestro folclore seguí buscando referentes que  pudieran darme aquello que yo buscaba.

Los encontré en la biblioteca pública de mí pueblo, y aparecieron palabras como soberanía alimentaria, ganadería extensiva o ecoagricultura y yo pensaba que esos maravillosos libros, artículos y ensayos hablaban de mi abuela, de mi vecina Mari, de Mila la carnicera y de mi bisabuela. Pero no hablaban de ninguna de ellas. Hablaban de empresas, de ganaderos, de agricultores extensivos y de artistas extravagantes. Pero ni una sola mención a las que mantienen a las gallinas alimentadas con las migajas del mantel, ni a las que lavaban y cardaban la lana, ni a las que limpiaban a las tencas después de la pesca.

A mi pueblo todo el mundo lo conoce por ser escenario de la serie Juego de Tronos y quedan fascinados porque el gigante de la industria americana HBO reparara en un pueblo de 4000 habitantes a 450 km de la capital. Lo que ignoraban, bien por falta de conocimiento o empatía, eran los estragos que causó semejante despliegue técnico en un ecosistema de por sí frágil. Que se lo pregunten a Tomás, que pasó mes y medio buscando a una vaca y a su chotillo que habían huido por el bullicio, o a las cigüeñas que, al volver de África, ya no tenían nido. Nadie conoce que la medalla a las bellas artes de 2019 se la han dado a nuestro lavadero de lana convertido en museo de arte contemporáneo, o que tenemos la colonia de cigüeña blanca más grande de Europa, o que tenemos una de las formaciones graníticas más importantes de Europa, o que las nutrias han encontrado en nuestras charcas un lugar magnifico para criar.

A finales de 2017 mi madre, entre aburrida y fascinada por mi afición al campo en general y a dar la turra con la soberanía alimentaria en particular, me regaló un poemario de, como dijo ella, “una veterinaria a la que le gusta dar la turra con los bichos como a ti”, el libro era “Cuaderno de campo” de María Sánchez (@MariaMercromina). Y en Cuaderno de campo encontré mi refugio y encontré a María. En ella no solo encontré tierra, semillas y cabras, encontré inspiración, una vía para conocer a mujeres ganaderas extensivas y agricultoras, y la visión del mundo rural que correspondía con la que yo tenía, sucia, a ratos incómoda y, sobretodo, real, y todo lo que lo envuelve como el desarraigo, la despoblación, la perdida de las razas autóctonas y las que se quedan luchando para que siga vivo.

Con motivo del 8 de marzo Lucia López Marco (@Mallatablog) y María Sánchez escriben “Hermanas de tierra”. Un manifiest