El feminismo, mi cuerpo y yo

Sobre la imposición de ser y estar perfecta

Gorda.

Gorda.

Gorda.

Gorda.

Gorda.

Tengo 22 años, mido 1.72 y peso 10 kg más de lo que “debería”. Diez kilos. Diez malditos kilos que se han cobrado millones de lágrimas.

Ilustración de Lola Vendetta extraída de su cuenta de Instagram.

Creo recordar que la primera vez que tuve que seguir una dieta fue a los 8 años. Recuerdo que, mientras mis compañeros y compañeras del cole se preocupaban por los regalos de la comunión, a mí me preocupaba vigilar lo que debía comer. Al final me rendía, era una cría y quería hacer lo mismo que el resto, comer un helado en el parque, merendar chocolate y comer palomitas en el cine.

Lo más duro vino con la adolescencia, te conviertes en la gorda. La gorda del grupo. La gorda de clase. La amiga gorda. La que no podía comprar ropa en Bershka. La difícil de regalar por su talla. Un foco de burlas, risas y bromas. Imagínate ser gorda y apellidarte Cocina; barra libre de “chistes”. Dietas, dietas y más dietas. Nada funciona. Lágrimas, desesperación. Ojalá ser como las demás. Ojalá pudiera comprar en Zara. Ojalá fuera delgada. Ojalá mis piernas no fueran así. Ojalá mi barriga no existiera. Ojalá no tuviera papada. Ojalá pudiera dejar de comer. Ojalá pudiera dejar de sentirme inferior, no válida, rota, inservible. Ojalá pudiera no existir. Ojalá se acabe esto.

Llegó el instituto, y con él un chico me dijo que no podía salir conmigo públicamente porque le preocupaba lo que pensaría la gente de él. ¿Por qué? Porque estaba gorda. No era el primero que me decía que le importaba lo que pensarían los demás, pero si el primero que me dejó claro el motivo. Yo era alta, no estaba delgada y tenía un carácter fuerte, no interesaba.

Ilustración de EsCarolota extraída de su cuenta de Instragram.

Por fin llegó la universidad, y con ella el verdadero desarrollo de mi conciencia feminista y política. La verdad es que no sé qué hubiera sido de mí si no hubiera comenzado a desarrollar dicha conciencia, que sigo cultivando y cuidando, aprendiendo cada día cosas nuevas. Lo primero que aprendí es que no todas las mujeres somos iguales, y que no está mal no ser como las mujeres que salen en la televisión o revistas; que esas mujeres existen, pero no debemos aceptar la imposición social que nos obliga a intentar ser como ellas, que debemos aceptarnos y querernos como somos. Lo segundo que aprendí fue a quererme a mí misma sin condiciones, sin “ojalas”, sin presiones; a querer mi cuerpo, porque es mío y pu