Crónica de un racismo anunciado

La creencia de que el racismo es cosa del siglo pasado es desmontada cada día debido al racismo cotidiano, las agresiones racistas y las prácticas discriminatorias institucionales.

Uno de los rituales de mi infancia que recuerdo con cariño era cómo mi familia se reunía frente al televisor los domingos por la noche. Esas dos últimas horas de la semana distraían de todo lo que pudiera haber ocurrido durante los días anteriores: las risas que provocaba la longeva serie “Aída” en el salón de mi casa tenían la capacidad de curar todos los males. O eso creíamos mi padre y yo. “Quita eso, ya no hace gracia”, espetó un domingo mi madre cuando escuchó por enésima vez a Mauricio Colmenero llamar Machu Picchu a su entonces único camarero sudamericano. El que aparecería más tarde recibiría el mote Aconcagua. Quizás la serie pretendía ser una sátira de la sociedad española en su conjunto, pero eso no frenó a la gente a usar esos nombres para referirse a las personas de mi familia en el colegio o en el trabajo.

No soy racista, pero…

El Mundo Today en uno de sus ya conocidos e ingeniosos titulares decía que Los expertos aconsejan dejar como mínimo diez segundos de suspense entre “No soy racista” y “Pero. No creo que sea un mal consejo, pero resulta algo inútil cuando negar que uno es racista se convierte en una mentira en cuanto se enuncia. 

Seguro que has pensado más de una vez en lo necesario que es que tu vecina procedente de la República Dominicana se integre de una vez. Puede ser muy maja y muy buena persona, pero el carné de buena inmigrante™ solo se da a aquellas que renuncien por completo a sus raíces y las reemplacen por la cultura española, mucho española y muy española. Por curiosidad, ¿qué es la cultura española? ¿Existe realmente esa cultura homogénea y única en el Estado español?

No pasa nada, piensas. Porque al final del día las personas migrantes racializadas son minoría en España y no lograrán alterar el orden que existe en el país. O eso crees hasta que enciendes la televisión y ves cómo los MENAs siembran el caos allá donde pasan. Cada vez más jóvenes, respondes hacia el aparato mientras empieza a crecer el temor por unos menores que han llegado aquí en una total situación de desamparo y por un colectivo que supone menos del 11% de la población que hay en España

Titular de La Razón sobre los MENAs
Titular de La Razón sobre los MENAs

Tus temores se personifican en un niño no blanco que te encuentras en la parada del bus. ¿De dónde eres?, te atreves a preguntar al chiquillo, porque no puedes descifrar con certeza de dónde viene. Que proceda de alguna república bananera en la que escucha ese infame reggaetón pase, pero sería inaceptable que viniese de algún “país musulmán” a imponer su ley a la pacífica e igualitaria España. De aquí, responde él. Es entonces cuando comienza un interrogatorio a fondo sobre el árbol genealógico del chaval porque en tu imaginario no hay cabida para la existencia de les españoles racializades. A pesar de que una de las últimas colonias españolas fue Guinea Ecuatorial, y se independizó hace apenas 51 años.

Estos dos casos son suficientes para confirmar tus sospechas: la invasión inmigrante es inminente. Cuando bajas del bus y haces el transbordo hacia el metro el panorama que se desarrolla ante tus ojos es inadmisible: manteros que le roban les clientes a las tiendas y que producen pérdidas millonarias al comercio español. Todo esto lo conoces con certeza, lo han dicho en la tele.